martes, 10 de enero de 2017

Habitación 612 - I

- Ya está reservado el hotel.
- Nos vemos ahí

Llegué a la habitación 612 acalorada. Asunción ardía a las 20:15 de ese sábado. La tina me sedujo.

Una vez dentro tomé una selfie. El agua clara sobre mi piel desnuda. Le envié la foto.

- Ya quiero estar ahí
- Aún faltan como 4 horas

Me vestí con una tohalla blanca. El pelo mojado. Salí al balcón. Miré el río. Encendí un cigarrillo. Otra selfie.

La envié al grupo de nuestros amigos en común. Una de ellas me dice que venía a encontrarse conmigo. Tenía tiempo antes de que llegara y no parecía mala idea.

Bajé al bar del hotel. Sonaba jazz. Pedí una margarita y unas bruschetas. Llegó mi amiga. Pidió una cerveza italiana. Explotamos en anécdotas íntimas y risas. El ambiente se llenaba de adrenalina.

El alcohol nos desinhibió. El llegó justo. Nos tomó una foto donde se sentía piel. La subí a Instagram. Se ratoneaba la red mientras nuestra noche apenas comenzaba. De todas formas mis planes eran más heterosexuales.

Después de unas horas, una docena de tragos, dos amigas más y una copa rota, el bar cerró. Las chicas siguieron rumbo a otro bar. Nosotros camino al sexto piso.

Puso música electrónica. Los beats los sentía en el clítoris. Era la ansiedad, la tensión, la expectativa de la primera vez.

Encendió un porro, tomó otro shot de Jaggermeister. Fumé con él. Puerta de entrada a otro nivel de sensibilidad. Todo más brillante, mi piel más susceptible a todo.

Justo ahí, su boca en mi cuello. Las mordidas más sexys que jamás había sentido. Y luego su lengua en mi boca. Sus manos en mi espalda. Su energía alrededor mio. Atómico comienzo.

El viento en el balcón me despeinaba mientras me desvestía con los pensamientos. Sin sacarme la ropa. Sentado. Yo parada. Mordiendo la piel alrededor de mi ombligo. Lento, luego fuerte, profundo. Sus dedos sobre mi clítoris con la ropa puesta. Sentía la humedad en mi entrepierna. Fuego en mi mente.

El porro empezaba a hacer efecto. Sus labios se desdibujaban en mi piel. Luego su lengua, luego sus dientes, luego sus manos.

Sentí su fuerza cuando me empujó dentro de la habitación. Su mirada lasciva me excitaba, sus manos inquietas me incendiaban. Me desvistió. Cerré los ojos y sentí su boca en mis tetas. Otra vez su lengua, sus dientes.

Me besaba tanto, tan rico, tan húmedo. Sus dedos en mi vagina, estimulando mi clítoris. Yo hacía agua entre mis piernas.

Mi lengua en su cuello, mis manos en su piel, luego en su miembro bajo la ropa que aún llevaba puesta. Le ayudé a desvestirse.

Me quería encima suyo. Lo intuí. Abrí mis piernas y lo sentí. Enorme, grandioso, todo mío, todo dentro mío. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo. Delicioso.  Era imparable.

No sé si fue el porro o su estímulo pero estaba tan excitada, tan húmeda, tan caliente. No podía parar. Quería más, lo quería todo.

Estando encima suyo y con él adentro, comencé a masturbarme. "Mirame", le dije con un ademán casi porno.

Y vino. Exploté en un orgasmo grandioso, sublime. Pero ese fue sólo el primero. La noche era joven aún.